Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La mujer agapanto. Diario de un jardinero

>> jueves, 20 de julio de 2017


Hay libros escritos con tal fuerza que a pesar del tiempo siguen diciendo. Como que con la fuerza que se escribe, también se lee. El es caso de la Mujer Agapanto. Diario de un Jardinero, que regresa renovado, mejor dicho, nuevo. Pues es un libro que tiene vida propia. Es como si fuera un mundo independiente de mí, su autor. Cuando lo escribí, hace ya varios años, no imaginé que fuera tan querido por los lectores. Argumentaba en ese entonces, cosa que no ha cambiado, que no se puede escribir de lo que no se conoce. Solo cuando se tiene algo para contar, que parta de la experiencia, la prosa fluye. Por algo decía Eduardo Galeano: “Sea señor escritor, por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma”. Se refiere a esa autenticidad que se lleva dentro y que uno se pasa buscando en bares, mujeres, libros… Yo la encontré en las flores y entendí que la clave de toda buena escritura, al menos una responsable y espontánea, es sentir lo que se dice para que no haya simulacros. De ahí que el gran reto de La mujer agapanto. Diario de un jardinero, fuera y sea que los textos se conciban desde un razonamiento sencillo y natural. Ahora, es esta nueva edición, que es tal vez la primera porque encontró una historia dentro de un relato novelado que se alimenta del formato del diario. Y un diario personal da la dimensión de que es un subgénero de la autobiografía, data de la narración que hace una persona de las experiencias personales que vive. Normalmente los diarios personales son leídos únicamente por su autor, en especial, por las cuestiones privadas e íntimas. Precisamente es esa intimidad la que pretende compartir el personaje, El Hortalero, el narrador. Y lleva lo personal al plano literario. 

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Encuentro ignorado

>> jueves, 13 de julio de 2017



Desde hace meses se persiguen sin admitirlo. Es como si un impulso incomprensible, que les impide alejarse, cada tanto, los lleva a pensarse, a sentirse, a buscarse. Sin embargo, vicio extraño de la decencia, cuando están cerca, se comportan como si ese sentir profundo, no fuese más que un capricho pasajero.  

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Un poquito de ansiedad de nube

>> viernes, 7 de julio de 2017



Él estaba sentado en su casa mirando las nubes. Una figura extraña se le manifestaba hace días. Aunque mirar las nubes para muchos era acto cursi más que poético, para él no importaba. Quería mirar las nubes y lo que los otros opinaran lo tenía sin cuidado. Casi siempre el otro es una distracción que deja un ruido molesto en el interior. Eso pensaba de todos, menos de ella, la que lo visitaba y sin hablarle lo miraba a distancia o se quedaba en un lugar cercano. Mientras, él preparaba su corazón. No quería que algún fantasma le impidiera acercarse, como le había ocurrido antes. Al cabo de una semana, cuando quiso buscar a la mujer, se encontró que no estaba. Tal vez nunca estuvo. Tal vez. 

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Las edades del amor

>> viernes, 30 de junio de 2017



De niño ves el amor como un jardín sin zancudos
en un castillo lejano.

De joven sientes el desierto, arena en las tripas,
festín de anfibios.
Te crecen cicatrices, vellos y olvidos.


De viejo confirmas que el amor es un jardín sin castillo,
con zancudos, lagartijas y desierto.

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El poder de la palabra

>> jueves, 22 de junio de 2017


Después de dicha una palabra ya no hay marcha atrás. Las palabras se filtran en la sangre. Entran a rincones insospechados y desestabilizan las estructuras mentales o emocionales. Cada  palabra es un canal por el que pasa información que queda, como una semilla, germinando en un individuo. Una palabra mal dicha es un tizón encendido que quema una y otra vez en la llaga. Así mismo una palabra en el momento justo es el vaso de agua en el desierto. De ahí, que el poder de la palabra unifique el pensamiento y la acción. Es decir, cuando la palabra es el vehículo que transporta un pensamiento que se convierte en acción trasmite un modo de vida. En esa medida, puede transformar conciencias, forjar  cimientos de una cultura, estructurar los mitos de un pueblo y también, destruir a un individuo o una nación. Por ejemplo, en la segunda guerra mundial los nazis utilizaron la palabra como un mecanismo de tortura contra los políticos o artistas judíos. Encerraban a sus víctimas y durante días les decían: “¡No existen, están solos, son basura!” Hasta que enloquecían o confesaban. La palabra es posibilidad, comunicación, camino. Por ello, entendí la responsabilidad moral y ética al pronunciarla, sobre todo en momentos coyunturales. A veces, uno dice lo primero que se le ocurre y se lamenta de eso toda la vida, cosa que ocurre en una discusión. Como es regular en las confrontaciones uno acude a sus vibraciones más bajas, las que están soterradas. Lo peor de nosotros llega a la superficie como una procesión de sombras. Viene del lado oscuro, donde el odio es un volcán en erupción o una bestia peluda que escupe fuego. Entonces al abrir la boca la lava interna, el resentimiento que somos, quema todo a su paso. Familia, pareja y amigos se calcinan. Lo más cercano sufre y no nos damos cuenta de lo solos que nos quedamos cuando vertimos nuestra suciedad. Como si aquellos que nos aprecian estuvieran condenados a soportar nuestra crueldad, ese placer antiguo que se inyecta a través de la palabra.

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