Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


Promesa de amor

>> domingo, 14 de enero de 2018

Partiendo de que cada encuentro es necesario sin importar el daño o la alegría ocasionados, creo que el encuentro contigo es la posibilidad de redimirme con todo lo que he entregado sin carácter devolutivo.  Ella al escuchar tal declaración se queda frente al mar observando el atardecer. El sol antes de ocultarse despliega un camino de luz sobre el mar por el que la mirada de ambos ondea con las olas y el viento.

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Los pensamientos

>> viernes, 29 de diciembre de 2017



Gerardo estaba en casa. Su hermana le había solicitado que le cuidara a su hijo. Ella debía ir a la ciudad. Gerardo aceptó, aunque estaba acostumbrado a pasar fin de año solo. Celebraba para sí el cambio de año, hace años, sentado en una hamaca con una botella de vino, sin dramatismo o reuniones ruidosas de familias indeseables. 

Su sobrino desde la mañana empezó a caminar por toda la casa. Necesitaba gente para sentirse vivo. Las veces que intentó hablar con Gerardo no logró una conversación fluida, apenas unas respuestas monosilábicas. Cansado del silencio se ubicó cerca de su tío y empezó a renegar del día, del sol, del fin de año, de su madre que lo dejaba con un loco, de él mismo que no era capaz de valerse por sí solo, de su generación, de su incapacidad para estar solo, del silencio… Se sumergía en ese sentimiento general que profesa que todo está mal y al final por pensarlo tantas veces todo resulta mal. 

Gerardo se preocupó por lo que pasaría si el muchacho seguía llamando esos pensamientos. Así que desde la hamaca se comunicó con el sobrino y no le ofreció una copa de vino. Acto seguido le dijo, como si lograra ver dentro de la cabeza del joven, que los pensamientos nos hacen o deshacen. El joven arrugó el entrecejo y Gerardo continuó: “cuando me endiabla algún pensamiento sacudo la cabeza para alejarlo. Esta estrategia permite relacionarme con otras personas. Saber que la mente es tramposa sirve para no darle mucha mente a los pensamientos. El cerebro es como una antena receptora de ondas que distribuye por todo el cuerpo. Por eso, es necesario que esas ondas tengan una buena vibración para encontrar la conexión con la voz interior. Es en el corazón dónde está esa voz o la fuente de la sabiduría. Incluso, la ciencia moderna ha entrado a valorar que este órgano sirve para algo más que bombear sangre al cuerpo. Por ello, procurarse buenos pensamientos es permitirse estar en paz consigo mismo. Es algo que aprendí con la sumatoria de mis continuos errores. Cuando me vencían los pensamientos tormentosos y me dejaba dominar por el Mister Hyde interior.” 

Gerardo se percató de que su sobrino estaba más que atento. Por eso mismo, con una leve sonrisa volvió al silencio. El muchacho al notar que la conversación había terminado sin posibilidad de reiniciarse, empezó a caminar sin despedirse de su tío, a quien consideraba despreciable. Atravesó un puente vegetal y sin darse cuenta, caminaba sin pensar, con tal despreocupación que parecía parte del paisaje. Gerardo observaba a distancia y con una sonrisa saboreaba un sorbo de vino.

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El cuadro de la virgen María

>> jueves, 14 de diciembre de 2017


Durante muchos años tuve una especie de muro o pared en la que colgué paisajes que deseaba visitar, retratos de escritores difuntos que admiro, fotografías de mujeres que imaginaba a mi lado, amuletos de la buena suerte; incluso, escribí cifras en papelitos que deseaba ver en mi cuenta bancaria… 

En la medida en que todas esas referencias iban en aumento, llegó el momento en que no hubo espacio para ninguna. Eran tantas cosas para atender que no pude priorizar. Por tal motivo, para no entrar en el dilema emocional de que era más importante, decidí descolgar absolutamente todo. Limpié la pared y le eché una mano de pintura blanca. Después de mucho meditar qué poner se me ocurrió, y no soy religioso, colgar un cuadro de la virgen María. Esas cosas que no se pueden explicar y que lo definen a uno. Lo ubiqué en la mitad del muro y al verlo, sentí que no faltaba nada. 

Al tiempo empezaron a suceder cosas maravillosas. Por ejemplo, por motivos ajenos a mi impulso original de emprender un viaje, como lo es un trabajo o la invitación de un amigo, frecuenté muchos de los lugares que antes había referenciado. Asimismo, conocí escritores vivos que amorosamente me obsequiaron un aprendizaje importante acerca del arte de escribir. También, hablé, besé y amé a más de una mujer. Lo más interesante es que la palabra empezó a funcionar como un amuleto de la buena suerte después de que obedecí al impulso de dejar en mitad de la pared el cuadro de la virgen María. Tal vez, me gusta esa figura sobre otras que habitan las historias de la religión cristiana. Sin embargo, cuando estuve durante horas frente a la pared en blanco, adentro mío, vi ese cuadro. Solo ese. Ese mismo que permanece sencillo y hermoso, en medio de una pared que no es más que un espacio en blanco, un espacio para llenar de sueños al finalizar un año, sueños que ya no se cuelgan en la pared sino en el corazón donde cada sueño brota como una lámpara en el camino.


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La ilusión

>> jueves, 7 de diciembre de 2017


Entre las sombras y los reflejos de las lámparas transita la ilusión con múltiples entusiasmos a cabestro. En determinado momento los suelta para que corran libres hasta la madrugada. No todos regresan, pero los que vuelven traen incautos que pierden el sentido común y sus delirios son el alimento de estos equinos nocturnos. 

En estos tiempos, los de la era digital, es muy fácil encontrar incautos. Es tanto, se ofertan sin necesidad de cautivarlos porque rigen sus experiencias vitales desde el rango de la visión. Algo muy desgastante porque casi siempre las cosas no son como parecen. Por lo general se distraen de sus deseos profundos o principios de necesidad interior y se precipitan ante el primer entusiasmo como si se tratara de una experiencia significativa o un regalo de los cielos. 

En tal medida, cuando un incauto se cree jinete de un caballo de la ilusión, cabalga con tal frenesí que obtiene una insatisfacción más imposibilitándose para la experiencia del amor. 

Sin embargo, si ves ese caballo nocturno no lo cabalgues ni huyas. Deja que se te acerque. Obsérvalo como una señal de algo en el interior que se te manifestará. Pásale la mano por el lomo. Luego déjalo ir. Para trascender la ilusión es prudente no seguirla. Y es probable que en poco tiempo llegue el corcel del amor, en plena luz del día, el mejor escenario para una experiencia del reino del corazón.

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El “otro”, ella y yo

>> martes, 28 de noviembre de 2017


Me inquietaba el “otro” que yo era. El “otro” que caminaba las mismas calles. El tímido, pero no tanto, igual a mí en lo físico y un poco más listo. El “otro” que vestía mi ropa, leía mis libros, se alimentaba en casa, hablaba con mi madre y, sin embargo, no me ayudaba. El “otro” que podía sobreponerse a las adversidades sin que yo me diera cuenta. El “otro” que utilizaba mis pensamientos y no escuchaba. El “otro” que buscaba en los espejos. El “otro” que era una especie de guía guiado, un líder de segunda mano, un resplandor a chispazos. 

Tal vez el “otro”, que era más extrovertido y con sentido común, decidió salir a dar una vuelta en bici. Recorrió algunas calles del pueblo hasta la casa de ella. El “otro” con una sonrisa le insinúo que estaba alegre de verla. Ella juntó los labios y llevándose una mano a la boca envió un beso. Yo vi la trayectoria. El “otro” estiró el mentón para recibirlo. Yo vi como cruzó la calle a una velocidad asombrosa antes de impactar en la mejilla. El “otro” se estremeció porque era un beso pesado, de sentimiento. Así mismo lo sentí. Tanto el “otro” como yo casi perdemos el equilibrio. 

El “otro” cruzó la calle para el encuentro. Yo observé. Ella se acercó y me regaló una chocolatina. En silencio la acompañé hasta su casa. Ella sonreía. Yo intentaba decir cualquier cosa. El “otro” se movió en mí. Ella se veía contenta. El “otro” deseaba abrazarla. Yo la miraba. Ella tomó una de mis manos. El “otro” sonrió. Yo sentí un escalofrío en el cuello seguido de una erección, así que me amarré la chaqueta en la cintura. Ella hablaba. El “otro” escuchaba. Yo respondía con monosílabos. Ella presintió que algo sucedía porque me apretó la mano. El “otro” quiso besarla. Yo empecé a sudar frío. Ella, al llegar a un callejón oscuro, de un tirón me desamarró la chaqueta y corrió. Yo me quedé quieto porque no quería perseguirla. El “otro” la miraba con dulzura. Ella, al ver que no la buscaba, se detuvo y movía la chaqueta. El “otro” la llamaba. Yo, estático, sin saber qué hacer. Ella se devolvió y se acercó lentamente. El “otro” con una mano rozó los cabellos de ella. Yo seguía en un estado de estupor. Ella se alzó en las puntas de los pies como en una clase de ballet y nos dio un beso al tiempo que su mano se introducía en el bolsillo donde estaba la chocolatina. Yo la miré y sentí que me dolía menos la vida. El “otro” volvió a besarla con la determinación de que la vida era hermosa. Ella sonrió y me entregó la chaqueta y media chocolatina antes de marcharse. Yo la vi alejarse y sentía aún entre las piernas el roce de su mano. El “otro” respiró profundo y con una mano le envió un beso. ¡Era maravilloso! Yo era el “otro”. El “otro” era lo mejor de mí. El “otro”, gracias al amor de una mujer, era aquello que ignoré por no verme lo suficiente.

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